John S. Spong
Breve noticia biográfica

Domingo Melero

 

John Shelby Spong nació en junio de 1931, de manera que tiene actualmente 81 años (1). Desde 1976, fue obispo de Newark (New Jersey) y se jubiló en febrero de 2001. Nació en Charlotte (Carolina del Norte), en el seno de una familia de clase media. Su padre murió alcoholizado cuando él tenía 12 años y su familia conoció entonces la estrechez económica. Spong recuerda la Biblia que le regaló su madre y asegura que, desde entonces, la lectura y estudio de este Libro de libros ha sido central para él. Joven monaguillo en su parroquia, recibió una fuerte influencia del pastor Robert Crandall. La influencia de Crandall está en el origen consciente de la llamada de Spong al sacerdocio, así como en la de su hermano.

Cuando, ya en la Universidad, escuchó por primera vez a profesores ateos que criticaban la Biblia (criticaban la lectura fundamentalista de la misma, la única públicamente vigente entonces), Spong sintió que se agrietaba la tierra bajo sus pies y se refugió en la autoridad de la tradición, autoridad que la Iglesia episcopaliana (como la católica) valora con el mismo rango que la Escritura. Este marco, pese a su rigidez, le permitió un plazo largo y estable, de años, en el que fue madurando su postura adulta como creyente. Spong reconoce haber atravesado una crisis de fe de veinte años desde el fundamentalismo y literalismo bíblico, y luego eclesiástico, de su infancia y juventud hasta una revisión de la figura de Jesús en la que alcanzó una libertad suficiente.

Carolina del Norte es un estado sudista y, en el sur de aquellos años, incluso los blancos de buena voluntad no tenían ningún contacto con los negros. La barrera de color era algo tan sólido como la Gran Muralla China, según él mismo dice. En 1955 (no antes) y en Montgomery, en el Estado vecino de Alabama, Rosa Parks (fallecida precisamente este año de 1999) se negó a ceder su sitio en el autobús a un blanco y reivindicó así su igualdad, por lo que fue detenida y procesada. Sólo después, un juez (blanco), Frank Johnson, la declaró inocente y dictaminó, por primera vez, que era ilegal e inconstitucional aquella extendida costumbre segregacio­nista en los autobuses.

Todo esto levantó un gran escándalo y suscitó un debate nacional. La acción de Rosa Parks fue la chispa que desencadenó la lucha de la desobediencia activa por los Derechos Civiles en la que destacó el pastor baptista Martin Luther King. Aquel año de 1955, M. L. King, con veintiséis años, lideró el primer boicot a los autobuses, que duró 381 días y que secundaron 50.000 negros de Montgomery. M. L. King, trece años después, a los treinta y ocho años, moría asesinado por un segregacionista en un hotel de Memphis.

John S. Spong, en 1955, tenía 24 años, había cursado sus estudios en la Universidad y se había casado, con su compañera Joan Ketner, sin cumplir la regla anglicana de que el matrimonio sea posterior a la finalización de los estudios teológicos. En los años siguientes, les nacen tres hijas, por lo que Joan deja de trabajar. En este año de 1955, Spong se ordena de diácono y de presbítero y comienza su actividad ministerial. Desde 1957, se compromete activamente en la lucha por los Derechos Civiles y encabeza varias manifestaciones en defensa de la integración de la gente de color en las escuelas.

Además, tanto con gente trabajadora como universitaria, forma grupos de estudio de la Escritura en su parroquia, sobre todo los sábados. Téngase en cuenta que, en su medio, el fundamentalismo bíblico justificaba la segregación racial con citas del A. T. Spong presentaba un cristianismo que era profundamente inclusivo, que no excluía a ninguna minoría puesto que las diferencias no justifican la desigualdad; y un cristianismo que no tenía porqué entrar en conflicto con los conocimientos científicos por más que éstos desmonten las cosmovisiones habitualmente adheridas a la fe (recuérdese el rechazo, todavía hoy, de las teorías de Darwin en las escuelas de algunos Estados de USA por motivos religiosos).

Al parecer, sus círculos de estudio, convocados a horas tempranas o tardías, o en días festivos, de manera que pedían esfuerzo, siempre han tenido poder de convocatoria en las parroquias por donde Spong ha ido pasando. Nuestro autor, entonces, y aún ahora, se presenta no como quien administra respuestas sino como un buscador más que también está en camino y que es el primero en plantearse preguntas.

En 1963, el obispo anglicano John A. T. Robinson (al que Spong conocerá personalmente en 1973 y al que frecuentará hasta su muerte en 1983) publica Honest to God. Spong reconoce que «inspirado por J. A. T. Robinson, inicié mis primeros tanteos en busca de un nuevo punto de partida».

... descubrí reconoce acertadamente que la acción social podía ser un camino fácil para escapar del debate interior de la duda teológica. En efecto, mis más profundas y honestas convicciones podían expresarse políticamente con más facilidad que teológicamente. Me sorprendió admitir este hecho pero era verdad. Inmerso en esta espesura interior leí, por primera vez, Honest to God de John A. T. Robinson. Fue durante las vacaciones (...). A causa de mi snobismo intelectual de aquel tiempo, no lo había considerado antes un gran libro. El pensamiento que presentaba no era especialmente nuevo. Citaba a Tillich, Bultmann y Bonhöeffer, a los que yo ya había leído. Pero, a medida que lo leía, me iba dando cuenta de que este libro reunía muchas de mis propias dudas y preguntas y dejaba salir el gato del saco. En adelante, el papel de párroco creyente iba a ser imposible con la misma certeza. Las palabras y frases que me habían parecido significativas se tornaron clichés inaceptables, que no podía seguir usando. Estoy seguro de que leí el libro tres veces antes de cerrarlo. Robinson me dio el coraje para atreverme a sondear y a cuestionar abiertamente. Nunca he vuelto a ser el mismo desde entonces. Me vi conducido hasta mis raíces y obligado a pensar otra vez todo lo que creía, cómo adoraba y si podía o no orar. Todo esto continuó en mi interior mientras seguía predicando cada semana, dirigiendo la adoración, enterrando a los muertos, aconsejando a los que tenían problemas e intentando mantener mi vida sin que se rompiese en mil pedazos.

En aquel tiempo, me trasladé a una iglesia mayor en el centro de Virginia (...) Allí empecé una clase de una hora de Biblia, las mañanas de los domingos, antes del culto. Determiné que, por encima de todo, en aquella clase, sería honesto en mi búsqueda de la verdad y seguiría cualquier camino al que esta búsqueda me llevase. La clase llegó a ser un lugar de conversación en comunidad. Se la calificó de erudita, radical, iconoclasta y otros adjetivos que no me atrevo a repetir. Los fundamentalistas se fueron a congregaciones más resguardadas, pero los que dudaban comenzaron a regresar a la iglesia. La clase era tan concurrida que mis críticos no se atrevían a impugnarla abiertamente. Recuerdo que, cuando hice una sesión especial sobre la concepción y el nacimiento virginal, había un público apretado, de pie, en una única sala, que incluía a miembros de la prensa... (2) 

En 1969 le habían llamado, en efecto, para ser rector en una parroquia de Richmond, Virginia, y, con treinta y ocho años, le empiezan a elegir para  cargos importantes de la diócesis, como consejero y diputado en la Convención General. Por otra parte, siguiendo su estudio de las Escrituras, comprende que, al tiempo que se deja el literalismo (premoderno) y que se emprende la búsqueda sin prejuicios sobre qué es lo que realmente sucedió y lo que no (búsqueda histórica, típicamente occidental), importa leer los textos con una mirada y una perspectiva judía: sólo así se puede captar el sentido que transmiten.

En estas circunstancias, a raíz de una conversación en un almuerzo con un amigo, comprendí que había llegado el momento, para mí, o de atrincherarme o de enfrentarme con algunos problemas muy serios. Así que dediqué aquel año a una exploración del punto central de mi fe: ¿quién es Jesús de Nazaret? Para ello, estaba convencido de que debía ver a Jesús en su contexto hebreo. Entré en este tema con miedo puesto que no estaba totalmente seguro del resultado. Sin embargo, la búsqueda se saldó con una recompensa inconmensurable. No soy un teólogo sistemático y serlo no es mi meta. Lo que deseo es iluminar, desde diferentes ángulos, esta figura que se encuentra en el centro del Cristianismo (...) Estaba preparado para rechazar cualquier cosa que no pudiera traducir al lenguaje de mi mundo secular. Convertí a Lucas en mi primer maestro... (3)

Fruto de este tiempo de búsqueda fue el librito de 1973, This Hebrew Lord, cuyo título intrigó a un rabino de la ciudad. Éste lo invitó a hablar en la Sinagoga algunos sábados. Luego, Spong invitó al rabino a la Iglesia algunos domingos. La gente se interesó y la cosa trascendió y llegó a la radio y al periódico local que, sacando fuera de contexto sus frases, puso en titulares que el rector Spong negaba la divinidad de Jesús, con lo que el tema saltó a la televisión (4). Fue la primera vez que Spong se vio envuelto, como protagonista, en una controversia pública. De aquellos encuentros salió un segundo libro, Dialogue: In search of JewishChristian Understanding (5). Por otra parte, eran tiempos movidos para la Iglesia Episcopaliana pues, en algunas diócesis, se ordenó a las primeras mujeres, lo cual implicó una ardua controversia interna en la que Spong también se significó. El Presidente de la Asamblea de obispos era el Reverendo John Hines, al que Spong considera el mentor y consejero principal de su trayectoria.

Spong, como obispo y como escritor, se reconoce en deuda con cuatro mentores. Ya hemos mencionado a Hines y a Robinson. Los otros dos son Desmond Tutu y Michel Goulder. Desmond Tutu fue ordenado obispo un poco después que él y ambos se han invitado a sus respectivas diócesis y han coincidido en sus posturas en la Asamblea de obispos. Michel Goulder es el estudioso de NT que más le ha ayudado a mirar los Evangelios desde un punto de vista hebreo. Es emocionante cómo el obispo Spong agradece a Michel Goulder, un investigador no creyente («ateo no agresivo», como él mismo se define), cuánto le ha ayudado a descubrir una comprensión hebrea de la formación de los Evangelios y, en este sentido, cuánto ha ayudado a su fe. Como contrapartida, Spong desearía que sus propios libros, más divulgativos, contribuyesen a que la aportación de Goulder fuese más conocida y aceptada porque cree que, si actualmente es desconocido, pese a haber sido hasta su jubilación profesor en la Universidad de Birmingham, es, en gran parte, porque dejó el sacerdocio y la fe, lo cual conlleva sufrir un importante vacío. Además, Spong desearía (tal como lo expresa con todo respeto y aprecio) que su propia manera de concebir el ministerio y la fe animase a Goulder a no sentirse tan distante de éstos e, incluso, a volver a ellos (6).

En 1976, después de haber rechazado durante tres años otras propuestas, Spong aceptó ser obispo coadjutor de Newark y, a los dos años, fue elegido obispo titular. Sus nuevos feligreses sabían, al elegirlo, que era un defensor de los "derechos civiles" y de la ordenación de las mujeres, y que llegaba decidido a trabajar por la justicia social y económica (mejoras en la atención sanitaria, igualdad de acceso a los estudios superiores) así como a continuar su ministerio pastoral, contrario a la «doble verdad». En los veinticinco años que siguieron, ni él ni la diócesis de Newark fueron las mismas.

Un drama privado, sin embargo, acontece en la vida de los Spong. Desde 1973, su mujer, Joan, comienza a entrar en profundas crisis de tipo psiquiátrico y Spong tiene que sostener la vida familiar: cuidar a su mujer y seguir la educación de sus tres hijas. Diez años después, su mujer empieza a padecer un cáncer pero ella rehúsa todo tratamiento, hasta fallecer en 1988.

En 1982, La General Convention (Asamblea diocesana) de Newark decide comenzar un estudio sobre «los modelos cambiantes de vida familiar y sexual». El Obispo Spong pone en marcha, en 1985, un grupo de trabajo especializado y representativo para estudiar el tema a partir de tres puntos: el aumento de jóvenes que viven juntos antes y al margen del matrimonio, el aumento de gente mayor que decide lo mismo por diversas razones (entre ellas las económicas, como, por ejemplo, mantener sus pensiones), y la cuestión de si los hombres y mujeres que viven relaciones homosexuales estables pueden ser «llamados a participar del deseo de la iglesia de consagrar las relaciones humanas».

Cuando el Informe se hace público, tras tres años de trabajo, y llega a los medios de comunicación (que, como era de prever, resaltan, fuera de contexto, lo más llamativo), los conservadores se rasgan las vestiduras y estalla una nueva tormenta nacional, sobre todo por la aceptación del matrimonio entre homosexuales. Ante esta situación, al cabo de un año, o sea, en 1988, el obispo Spong publica sus propias reflexiones en un libro: Living in Sin? (¿Vivir en pecado?). El libro comienza así: «Algunos verán este libro como un libro sobre el sexo. Yo lo considero un libro sobre los prejuicios...». De nuevo Spong trabaja a favor de una iglesia «incluyente», según el espíritu, nada puritano, de Jesús. Tanto la fuerte oposición de muchos como el apoyo de muchos otros, a los que les vuelve a interesar el cristianismo gracias a su actitud sincera, lo llevan a escribir, en 1989, Rescuing the Bible from Fundamentalism (Liberar la Biblia del fundamentalismo). Ambos libros se convierten en éxitos de ventas. Más incluso el segundo. Después, Spong publica: Nacido de mujer (1992), La resurrección, ¿mito o realidad? (1994), Liberar los evangelios (leer la Biblia con una mirada judía) (1996), ¿Por qué el cristianismo debe cambiar o morirá? (1998), La voz de un obispo (selección de ensayos, 1979-1999), etcétera. Una vez retirado, acepta dar conferencias y cursos por todo su país y por muchos países de habla inglesa, y empieza, además de seguir publicando, su época como columnista en internet (7).

Entre tanto, al cabo de dos años de perder a su mujer, Spong se vuelve a casar, en 1990, con Christine Mary. En otro orden de cosas, surge una nueva controversia dentro de la Iglesia Episcopaliana a raíz de la ordenación de algún sacerdote que reconoce públicamente su condición homosexual. Spong no evita intervenir en esta cuestión y otras igualmente controvertidas (aborto, eutanasia) en las que busca un planteo matizado y abierto, igual que cuando participa en mesas redondas con científicos (Paul Davies, Carl Sagan) o filósofos ateos (A. Flew). Ellen Barrett concluye su segundo artículo diciendo que, al obispo Spong, se le puede aplicar la vieja máxima que define la esencia del ministerio cristiano: «confortar al afligido y afligir al acomodado» (8).

Para terminar, citaremos algunos párrafos de Spong donde formula el sentido de su actividad, contraria a la «doble verdad» que practican la mayoría de los eclesiásticos: éstos, por un lado, están al corriente de los conocimientos eruditos y universitarios sobre la Biblia, y los admiten en privado, pero, por otro lado, no se deciden a transmitirlos a los creyentes en su actividad pastoral (predicación, liturgia).

Los cristianos, que por lo general no están al corriente del estado actual de las investigaciones, parecen creer que, una de dos, o deben ser literalistas bíblicos o deben sostener que la Biblia no contiene nada de valor para ellos. Estoy convencido de que hay otra alternativa; de que la inteligencia no tiene que estar ausente de la vida de la iglesia; de que podemos adorar a Dios con nuestras mentes; e incluso de que la ignorancia no es con el discipulado. Mi deseo es hacer que esta alternativa esté disponible para todos. Quiero que los debates teológicos, que son habituales entre los investigadores, estén a disposición de las personas corrientes que van a la iglesia. Expreso tanto mi agradecimiento como mi gratitud al clero y a la gente de la Iglesia Episcopaliana de la Diócesis de Newark por la oportunidad que me han brindado de servirles como su obispo. Esta comunidad de fe ha inspirado, casi diariamente, mi vocación como un obispo que se atreve a tomar en serio su función de enseñar de forma instruida (9).

Hace tiempo que decidí que no podía seguir sacrificando la investigación y la verdad para proteger a los débiles y religiosamente inseguros. Veo otra gente a la que la iglesia parece ignorar. Una gente, compuesta por hombres y mujeres formados, que sólo encuentra en la Iglesia: un dios demasiado pequeño para ser el Dios de la vida, un conocimiento demasiado restringido para ser convincente, y una superstición demasiado evidente como para llegar a aceptarla seriamente.

Mis hijas, ahora ya mayores, formaron parte de esta gente. Desearía que encontraran en la Iglesia cristiana un Evangelio que se tomara en serio el mundo en que viven, que no tratara de atarles las mentes de ninguna forma, ni antigua ni premoderna, que no temiera examinar las verdades emergentes, procedentes de cualquier fuente, ya sea del mundo de la ciencia o del propio ámbito de la erudición bíblica. Desearía que la Iglesia proclamara un Evangelio que tuviera poder contemporáneo, y que adorara a un Dios que no necesitara ser protegido mediante el expediente de ocultarlo tras una postura antiintelectual por temor a que la nueva verdad destruya la fe y la devoción que Le debemos.

Espero que este libro ilumine las mentes y los corazones de quienes aún encuentran su hogar espiritual en la Iglesia. Conozco a miles de personas que permanecen en el seno de la Iglesia por costumbre o por esperanza, pero lo hacen a costa de desconectar sus mentes. Más allá de estos lectores, sin embargo, espero que este libro invite también, a los que son miembros de los que podríamos denominar la «asociación de antiguos alumnos de la Iglesia», a echar un nuevo vistazo, a invertir de nuevo sus vidas en esta institución que contiene en sí capacidad para desafiar sus propios supuestos y estereotipos, para renovar su propia vida y para modificar su comprensión teológica tanto de Dios como de la verdad cuando surgen nuevas ocasiones que nos enseñan nuevos deberes.

Finalmente, espero que este libro anime a los cristianos de todas las confesiones a tomarse la Biblia en serio, a estudiarla en profundidad, a comprometerse de forma relevante con su verdad. Me he pasado más de la cuarenta años dedicando cada día algo de tiempo al estudio de las Escrituras. Es un libro que jamás dejará de asombrarme, pues siempre parece llamarme a descubrir nuevos y excitantes tesoros en pasajes que he debido de leer cientos de veces y que, sin embargo, no había podido comprender. La única decisión que ha afectado de forma llamativa mi vida como sacerdote y como obispo ha sido mi compromiso de estudiar este libro cada día.

Los cristianos fundamentalistas distorsionan la Biblia al tomársela literalmente. Los cristianos liberales también la distorsionan al no tomársela en serio. Si mis años de sacerdocio han ejercido algún poder e influencia sobre la vida de la Iglesia, se habrá debido, fundamentalmente, a que, como liberal, he dedicado mi energía intelectual al estudio de las Escrituras. El dato biográfico más notable de mi itinerario espiritual consistió en que, aun cuando dejé de ser fundamentalista, no dejé por ello de amar la Biblia, que continúa siendo el objeto fundamental de mi estudio. En consecuencia, soy un fenómeno extraño, al menos en los medios cristianos de Estados Unidos. Se me conoce como un teólogo liberal. Y, sin embargo, me atrevo a considerarme como un creyente, como un cristiano que se basa en las Escrituras. Para muchos, tal combinación es una contradicción  intrínseca.

En mi opinión, resulta escandaloso el hecho de que haya ideas que sean habituales entre los investigadores bíblicos de nuestro mundo y que, sin embargo, sigan siendo desconocidas para el común de los fieles de cualquier iglesia o sinagoga. Este estado de cosas no puede sino hacer pensar en el temor de la jerarquía a que los fieles pierdan su fe en caso de que se difundan ampliamente estos conocimientos. Los obispos y sacerdotes conservadores se contentan con afirmar que la erudición bíblica es una ciencia inexacta, siempre cambiante, en la que no se puede confiar para encontrar respuestas definitivas. En consecuencia, argumentan que debemos confiar en la autoridad docente e histórica de la Iglesia. Se trata de un argumento sumamente débil y casi patético. (...) En medio de los cambios y discusiones que se dan en el mundo de la erudición sobre el N.T., hay un consenso que no puede negarse. Las historias sobre la natividad de Jesús, por ejemplo, no son literales, no son biográficas ni contienen información biológica sobre los individuos que intervienen. Se crearon a partir del proceso interpretativo del midrash. Se las adscribió a acontecimientos externos que sólo pudieron ser recordados con bastante imprecisión. Atestiguan la fe de la comunidad que las creó pero no los detalles que contienen. Mis lectores deben introducirse en esta forma de comprender, situarse dentro de esta tradición, hacerse las preguntas correctas y establecer las suposiciones apropiadas. Sólo entonces podrán, estas narraciones, empezar a comunicar la verdad que contienen.

Sólo aquellos a quienes los tradicionalistas consideran equivocadamente como liberales llevan consigo las semillas de renovación y de futuro para las tradiciones religiosas del pasado. Un término algo más apropiado que liberal sería el de abierto o realista. Se trata de nombrar con estos términos a quienes saben que, en definitiva, el corazón no puede rendir culto a lo que la mente no acepta. Ellos saben lo que los fundamentalistas parecen ignorar: que creer al pie de la letra la Escritura es garantía de muerte. Y también saben lo que, por su parte, los secularistas parecen ignorar: que abandonar los símbolos históricos es como abandonar la puerta a través de la cual nuestros antepasados en la fe encontraron el significado del que vivieron. (...) Yo mismo sería el primero en oponerme a eliminar de los credos la frase «fue concebido por el Espíritu Santo y nació de María virgen» porque no creo que ninguno de nosotros puede volver a escribir la historia. (...) Votaría por mantener intactos los credos históricos siempre que, al mismo tiempo, se permitiese y se fomentase abrir los símbolos literalizados al estudio y a la búsqueda de la verdad que indican (10).

 



[1] Este texto está tomado de la «Presentación» a: «J. S. Spong y El desarrollo de la tradición del Nacimiento”» (Cuaderno de la diáspora 10, Madrid, 1999, págs. 81-94). Escrito hace trece años, algunos datos estarán relacionados con la fecha de su redacción. Para un conocimiento más exhaustivo de Spong, habría que leer e incorporar su extensa autobiografía, no disponible cuando escribí mi artículo (Here I stand, HarperSFrancisco, 2000). Me basé, aparte de los prólogos de Spong a sus libros, en: Ellen Barrett «Retrato de un obispo: John Shelby Spong, I y II», The Voice, Newark, septiembre y octubre 1997.- volver

[2] This Hebrew Lord, Nueva York, 1993, págs. 10-11.- volver

[3] Op. Cit. pág. 13.- volver

[4] Spong explica estos hechos en el prefacio de Why Christianity... (1998), págs. x-xi.- volver

[5] Fruto de su interés por avanzar en una visión hebrea de Jesús, Spong ha propiciado y prologado recientemente la edición en inglés de: Robert Aron, Les années obscures de Jésus, París, Grasset, 1960. Además, uno de sus últimos libros (de 1996) se titula: Liberating the Gospels (reading the Bible with Jewish Eyes) [Liberar los Evangelios, leer la Biblia con ojos judíos].- volver

[6] Ver Op. Cit. pág. xv y Why Christianity..., pág. xviii.- volver

[7] [Nota de 2006] Posteriormente, Spong ha publicado tres libros más: Here I stand. My struggle for a Cristianity of integrity, love & equality, 2000; A new Christianity por a new World, 2002; The Sins of Scripture: Exposing the Bible's Texts of Hate to Reveal the God of Love, 2005.- volver

[8] Hay un libro con varios escritos críticos sobre Spong: Peter C. Moore edit.: Can a bishop be wrong (¿Puede un obispo estar equivocado?), Harrisburg, 1998. Spong comenta este libro en Why Chrisitanity... pág. xvi.- volver

[9] Rescatar la Biblia del fundamentalismo, págs. x y xii.- volver

[10] Jesús, hijo de mujer, págs. 17-18, 25-26, 150, 181-2, 184-5. Ver una opinión semejante, a propósito de los relatos de la Pasión, en Liberating the Gospels, 1997, págs. 235-236.- volver